MARY

Ella nunca tuvo un registro de caricias. Sus padres no tenían tiempo para ese tipo de manifestaciones.

La supervivencia no deja lugar para esas cosas. Nadie intento detenerla, cuando con diecisiete años, les anunció que se iría a vivir con Ramón a pocas cuadras de la casilla que habitaban. Que haga lo que quiera, dijo su padre secamente: "es una boca menos".

Su madre, que desde el último embarazo había perdido la capacidad de llorar, la miró irse lentamente, desdibujándose hasta  perderse en las vueltas de los pasillos.

Su partida no asombró a nadie. Todos saben que allí tarde o temprano siempre se vuelve, las trampas de la pobreza casi nunca fallan, como si fuera armado a sabiendas y se sostuvieran privilegios a costa de la pena ajena. Ramón no fue mejor que su padre. Estaba con ella con la misma fuerza con que trabajaba en la construcción, en medio de sudor y golpes.

Y no era que no quisiera ser diferente, a veces le pedía perdón llorando como un chico desvalido y ella lo acogía con ternura, sabía que no era malo, en el fondo era así, por la vida que le tocó vivir, por la pobreza y por la violencia sufrida desde niño.

En el fondo se parecían, pero Mary había podido procesar de manera distinta sus carencias.

Una tarde llegó completamente ebrio. Ella intentó hablarle pero él la golpeó con furia. En el puño apretaba el telegrama de despido que había recibido esa mañana.

El cuerpo de Mary guarda las marcas de ese día. Ese día que decidió volver a la casilla de sus padres.Ramón no intentó nada por retenerla, sabía que merecía su abandono. Y no tenía sentido buscar su perdón una vez más.Pasaron muchos días dando vueltas frente a esa puerta. Finalmente se decidió a entrar. Alguien señaló con la mirada una silla vacía en la rueda de hombres. Todas las miradas se fijaron en él. Se puso de pie y dijo con la cabeza gacha pero con voz firme: Me llamo Ramón y golpeo a quien más quiero…

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