JOHANA

Creció en un barrio en los márgenes, allí donde la vida siempre amenazada se mueve en la frontera estrecha de los pasillos, donde lo bueno y lo malo tienen el mismo espacio vital, donde no se elige sino entre lo posible, y lo posible siempre está decidido por un día a día marcado por la supervivencia.  Entre los cuidados de su madre y las ausencias de su padre, fue llegando a la adolescencia. Fue en ese tiempo que conoció a Kevin, su novio y compañero. No hubo demasiada oposición cuando decidieron vivir juntos. Su madre siempre tuvo en claro que allí se vive con el destino puesto, que se es madre antes de niña y que de los golpes ninguna escapa.Kevin al principio trabajó como ayudante de albañil y más tarde como repartidor. No era que no quisiera trabajar, le jugaban en contra la piel y la direcaión, el pasillo"sin número y el barrio numerado, 1-11-14, 21, o 31, para el caso era igual, los números de la exclusión se parecen todos.Al final del camino lo esperaba el consumo de paco, un pasaje corto a la ausencia, un poco de coraje ortopédico para salir con otros a buscar dinero. Así fue como cayó por el robo a un quiosco. Toda la maquinaria judicial se puso en marcha por once pesos.Cada sábado soportaba Johana las humillantes revisaciones del penal en nombre de su lealtad adolescente. Nunca faltó más que por enfermedad a las visitas, pero el tiempo pasaba y el juicio ni siquiera había empezado. En esas tardes conoció a Pablo un chico de 19 años que visitaba con frecuencia a su hermano. La soledad jugó sus cartas y comenzaron una relación.Comenzaron a verse fuera del ámbito del penal, primero en los bailes para pobres, después en las esquinas del barrio…Un día Pablo no llegó a la cita, en cambio la esperaban otros hombres que sin mediar palabras la introdujeron por la fuerza en un auto. Fueron varios los coches por los que pasó como en un juego de postas, para terminar acompañada por dos mujeres en un micro con destino al norte del país. Allí transcurre hoy su vida, viviendo a los fondos de un local nocturno bajo la mirada atenta de los vigiladores de la puerta, compartiendo una barraca junto a otras jóvenes apropiadas del mismo modo.Su madre recorrió cada rincón del barrio. Pablo tenía más de un nombre y según le dijeron la había vendido. Ese era su “trabajo”, ni mejor ni peor que otros, un medio más para sobrevivir allí donde la vida siempre amenazada se mueve en la frontera estrecha de los pasillos.

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